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El olor a gasolina genera reacciones opuestas, ya que mientras algunas personas lo encuentran desagradable, otras reconocen sentir una especial atracción por su aroma. Una preferencia que durante años ha despertado el interés de científicos y psicólogos.
La explicación tiene un componente químico. Uno de los principales responsables de su característico olor es el benceno, un hidrocarburo que se incorpora a los combustibles para mejorar el rendimiento del motor y aumentar el octanaje.
Este compuesto, publica Jalopnik.com, tiene un aroma naturalmente dulce y penetrante. Además, forma parte de un grupo de sustancias conocidas como BTEX, junto con el tolueno, el etilbenceno y los xilenos, que se evaporan rápidamente a temperatura ambiente y liberan moléculas que llegan hasta nuestros receptores olfativos.
Pero la respuesta no sería exclusivamente química. Algunos especialistas apuntan a que la inhalación de pequeñas cantidades de estos vapores puede producir un efecto temporal sobre el sistema nervioso central, generando una fugaz sensación de bienestar que el cerebro interpreta como placentera.
La psicología también aporta otra explicación: el llamado efecto Proust, que describe cómo determinados estímulos sensoriales pueden despertar recuerdos y emociones del pasado.
En este caso, el aroma de la gasolina podría estar asociado a experiencias positivas, como viajes familiares por carretera, vacaciones de verano o excursiones. De esta manera, el olor actuaría como un vínculo con esas vivencias.
Sin embargo, que algunas personas encuentren agradable este aroma no significa que sea inocuo. El benceno está clasificado como cancerígeno y la exposición prolongada a sus vapores puede provocar daños neurológicos, mareos y problemas respiratorios. Por eso, inhalarlo intencionalmente o durante períodos prolongados representa un riesgo para la salud.



